30 nov. 2011

Un lugar para vivir

Cuando miro el mar a lo lejos, descubro un lugar para soñar, más allá del horizonte, más allá de los barcos piratas, corsarios y bucaneros, de las islas desiertas con palmeras y robinsones; más allá de donde sale o se pone el sol. Cuando ya la vista se pierde y las imágenes brotan de ese espacio brumoso entre la realidad y el sueño, descubro la mano de un niño que busca mi mano y, con su sonrisa, me pide que lo acompañe en mi visita. El niño me guía por senderos de tierra, entre casas de barro y tejados de paja, ventanas redondas y portales abiertos. Entre quienes remedan una vieja red de pescar y arreglan vasijas de latón; entre quienes trabajan la huerta con sus manos y recogen leña caída del bosque. La sonrisa de un niño se descubre azorada en las caras de los adultos cuando me saludan al pasar, palabras escasas y poblados silencios, gestos suaves y acogedores, y pelusas en el aire, calentitas, llenas de amor y ternura. Cuando miro al mar, desde lejos, descubro un lugar para vivir, más acá del horizonte, más acá de playas abarrotadas y apartamentos vacíos en invierno, más acá de las grandes ciudades y las autopistas que las unen, de la velocidad y el vértigo por llegar a tiempo sin saber dónde llegar, más acá del dinero y lo que quiere comprar. Donde ya la vista se pierde y las imágenes brotan como fruto de una visión compartida, descubro la mano de un niño que busca mi mano y entonces sé que ya no podemos esperar más.

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